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EL HOMBRE DE LA MANCHA
Es de suposar que
durant algun temps sentireu parlar d’una història , que pot ser us
farà riure i com és natural en totes les històries hi haurà diverses
versions, jo aquí us donaré la meva.
En primer lloc vull dir que això, és un
homenatge a gent que jo admiro de manera especial, i espero que el
bon humor amb que ho he volgut fer sigui ben entès, i que tot hom em
pugui perdonar,
Cervantes
inclòs.
En
un lugar de la Noguera, de cuyo nombre nos acordamos todos, no ha
mucho que rodaba un ciclista, de los de bici antigua, mancha larga,
bidón pequeño y blanco manillar.
Sucedió que un día,
cuando el ilustre caballero acudía a la cita, que la Orden de la
Tierra Firme, celebrara por dicha, en el castillo del Barón del
Santo Oisme, tuvo por ventura un incidente del cual los escribas de
la época dieron debida cuenta.
Pedaleaba nuestro Hidalgo, de
nombre Don Jaime y nacido para alguna Pascua de donde cogió su
apellido, por las pesadas rampas del camino que lleva a la montaña
de la Fuente Larga, cuando un súbito movimiento en su montura desvió
su atención y por fe, que sólo la intervención de la Providencia
impidió que diese con sus huesos en el suelo. Pues resultó que
aquella mancha, vieja y desvencijada por el uso, habíase movido de
su encaje natural, provocando una innecesaria alarma. Fue tanta la
desazón que produjo en Don Jaime, que sin pensarlo dos veces decidió
que era aquel el momento en que por fin se desharía de aquel
artefacto, que aunque tanto tiempo llevaba con él, tan poco servicio
le podía ofrecer ahora.
Y así fue, como en aquel lugar
y en aquel momento, Don Jaime lanzó aquella vieja mancha con la
decidida intención de olvidarse de ella para siempre jamás.
A la cita acudían otros
caballeros, noble e hidalgos de la Orden. Todos con sus testas
cubiertas y alardeando con el anaranjado de sus petos. Uno de ellos,
en muy noble Don José de los Juárez, al llegar al lugar donde fue
arrojada la mancha y reconocer en ella a la compañera del Hidalgo
Don Jaime, bajó presto de su montura recogió aquel muy grande
instrumento de aire y se entregó a la labor de devolverla a su amo.
Fue ardua su labor, pues no
encontró forma humana de acomodar ni en su jamelgo de metal ni en si
mismo aquel aparato. Más al final, colocándola en su manillar,
consiguió llegar a la cumbre él y el infame artilugio.
Cual fue su sorpresa al ir a
entregarlo a su propietario y comprobar como era el mismísimo Don
Jaime quien se jactaba de haber arrojado la larga y ya inservible
mancha en su camino a la cima.
Es imposible describir la
expresión de la cara del insigne Don José, al ver como Don Jaime al
recoger la mancha la arrojaba, esta vez con más fuerza y
despotricando contra aquel objeto.
Una mezcla de incredulidad,
sorpresa, e ira, recorrió su semblante. Más cuando además y como no
podía ser de otra manera, todos los miembros de la Orden, allá
reunidos soltaban sus risotadas, y comentarios ante la situación.
Improperios todos, a cual más cruel y jactancioso, ante lo que Don
José sólo podía responder con una media sonrisa y un “menuda
cuadrilla de cab.........” entre dientes.
De esta guisa los caballeros siguieron su camino hasta el castillo
del barón, donde alrededor de un gran mesa llena de viandas y con un
vino rojo y bastante duro, prosiguieron con sus risas y recrearon le
escena de mil maneras posibles y como en cualquier acto de la
condición humana los unos se reían de los otros. Pero, tengan en
cuenta vuesas mercedes, que es bien es sabido, por otros textos y
documentos, que en la Orden de la Tierra Firme, normalmente los unos
se ríen con los otros y eso es lo que nos ha llegado a nosotros y
eso es lo que quiere reflejar este modesto, vuestro servidor.
JM
Fernández (txetxu)
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